Una educación afectivo-sexual adecuada exige, en primer lugar, cuidar la formación de toda la comunidad cristiana en los fundamentos del evangelio del matrimonio y de la familia. Una buena formación es el mejor modo para responder a los problemas y cuestiones que pueda presentar cualquier ideología. Todos los cristianos responsables de su fe han de estar capacitados para «dar explicación a todo el que os pida una razón de vuestra esperanza» (1 Pe 3, 15). Para la consecución de ese objetivo puede prestar un gran servicio el Catecismo de la Iglesia Católica [Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2331-2400.], además de otros documentos relevantes [Al menos: Pontifico Consejo Justicia y Paz, Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia y Pontificio Consejo de la Familia, Lexicón. Términos ambiguos y discutidos sobre familia, vida y cuestiones éticas (2004).]. En cualquier caso, serán siempre necesarios planteamientos que busquen la formación integral. Ese es el marco adecuado para que la persona responda, como debe hacerlo, a su vocación al amor.
La familia es, sin duda, el lugar
privilegiado para esa educación y formación. Se desarrollan allí las relaciones
personales y afectivas má
s significativas, llamadas a transmitir los
significados básicos de la sexualidad [Cfr. Conferencia Episcopal Española,
Directorio de la Pastoral Familiar de la Iglesia en España, nn. 70 y 91.].
La familia es el sujeto primero e insustituible de la formación de sus
miembros. Y por eso, aunque podrá y deberá ser ayudada desde las diferentes
instancias educativas de la Iglesia y del Estado, nunca deberá ser sustituida o
interferida en el derecho-deber que le asiste. Así lo recordaba ya, entre otros
documentos, el Directorio de pastoral familiar [Cfr. Cfr. Conferencia
Episcopal Española, Directorio de la Pastoral Familiar de la Iglesia en
España n. 93: «Como complemento y ayuda
a la tarea de los padres, es absolutamente necesario que todos los colegios
católicos preparen un programa de educación afectivo-sexual, a partir de
métodos suficientemente comprobados y con la supervisión del obispo. La
delegación diocesana de Pastoral Familiar debe preparar personas expertas en
este campo».]. Pero se hace ahora más urgente si se advierte que las
disposiciones legales al respecto permiten al Estado dirigir este ámbito de
educación. Y no es pequeño el riesgo de sucumbir a las imposiciones de la ya
referida ideología de “género”.
Descubrir la verdad y significado del
lenguaje del cuerpo permitirá saber identificar las expresiones del amor
auténtico y distinguirlas de aquellas que lo falsean. Se estará en disposición
de valorar debidamente el significado de la fecundidad, sin cuyo respeto no es
posible asumir responsablemente la donación propia de la sexualidad en todo su
valor personal. Se abre así a los jóvenes un camino de conocimiento de sí
mismos, que, mediante la integración de las dimensiones implicadas en la
sexualidad –la inclinación natural, las respuestas afectivas, la
complementariedad psicológica y la decisión personal–, les llevará a apreciar
el don maravilloso de la sexualidad y la exigencia moral de vivirlo en su
integridad. Se comprende enseguida que una educación afectivo-sexual auténtica
no es sino una educación en la virtud de la castidad[118].
Tomado de: CEE, "La verdad del amor humano.
Orientaciones sobre el amor conyugal,la ideología de género y la legislación
familiar", 26.IV.2012, nn. 122-126.
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