En aquel tiempo, cuando salía
Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló y le preguntó:
-“Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?” Jesús le contestó:
-“¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. Ya sabes los mandamientos:
no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no
estafarás, honra a tu padre y a tu madre.” Él replicó: -“Maestro, todo eso lo
he cumplido desde pequeño.” Jesús se le quedó mirando con cariño y le dijo:
-“Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres,
así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme.” A estas palabras, él
frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico. Entremos en el
corazón de este joven. Tu mirada de cariño, Jesús, es el momento cumbre de su
vida. ¿Hay algo mejor? ¿Qué es el cielo, sino esa mirada amorosa de Dios?
Entonces, ¿por qué frunce el ceño y se marcha cuando Jesús le invita a
seguirle? Le entró un miedo terrible. ¿A qué? A un futuro sin más seguridad que
la mirada de Jesús. Se angustió porque el Señor le pidió que vendiese todo lo
que tenía y diese el dinero a los pobres. El dinero era su pasado, su presente,
su futuro, su seguridad, sus proyectos, su prestigio, su historia, su familia.
Jesús le pide que se libere de todo eso y se ponga incondicionalmente en sus
manos. Sin nada. ¿Sin mis riquezas, sin mi futuro asegurado por ellas? ¿Un
salto al vacío? Se va porque no puede
saltar. Está atado. Para seguir a Jesús hace falta un corazón libre para amar, y romper todas las ataduras
requiere mucho coraje. Es jugarse todo a
una carta. Con este blog pretendo compartir luces, reflexiones, comentarios, como agradecimiento a todos los que los han sembrado en mí.
viernes, 12 de octubre de 2012
DOMINGO 14 DE OCTUBRE, 2012
En aquel tiempo, cuando salía
Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló y le preguntó:
-“Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?” Jesús le contestó:
-“¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. Ya sabes los mandamientos:
no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no
estafarás, honra a tu padre y a tu madre.” Él replicó: -“Maestro, todo eso lo
he cumplido desde pequeño.” Jesús se le quedó mirando con cariño y le dijo:
-“Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres,
así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme.” A estas palabras, él
frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico. Entremos en el
corazón de este joven. Tu mirada de cariño, Jesús, es el momento cumbre de su
vida. ¿Hay algo mejor? ¿Qué es el cielo, sino esa mirada amorosa de Dios?
Entonces, ¿por qué frunce el ceño y se marcha cuando Jesús le invita a
seguirle? Le entró un miedo terrible. ¿A qué? A un futuro sin más seguridad que
la mirada de Jesús. Se angustió porque el Señor le pidió que vendiese todo lo
que tenía y diese el dinero a los pobres. El dinero era su pasado, su presente,
su futuro, su seguridad, sus proyectos, su prestigio, su historia, su familia.
Jesús le pide que se libere de todo eso y se ponga incondicionalmente en sus
manos. Sin nada. ¿Sin mis riquezas, sin mi futuro asegurado por ellas? ¿Un
salto al vacío? Se va porque no puede
saltar. Está atado. Para seguir a Jesús hace falta un corazón libre para amar, y romper todas las ataduras
requiere mucho coraje. Es jugarse todo a
una carta.
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